Mi mamá es, para mí, una verdadera escuela de vida.

Nació hace 90 años con una limitación muy severa: es sorda de nacimiento. Creció en las afueras de Montevideo, donde mis abuelos se establecieron después de emigrar desde Hungría.

A los 7 años la llevaron a la escuela de sordas en Montevideo. Para poder estudiar, se quedaba a dormir en la casa de una señora que con el tiempo se convirtió en su “madrina”.

A los 18 años conoció a mi papá, David, también sordo. Se casaron y un año después nací yo; luego nació mi hermano.

Mi mamá siempre fue una mujer activa, vital, con una enorme capacidad de disfrutar la vida. Le gusta divertirse, compartir, comer rico y vestirse bien.

Tiene hábitos muy saludables. Come sano, cuida su alimentación y prefiere cocinar su propia comida —además, cocina delicioso.

Cada año viene a Israel, incluso durante tiempos difíciles, como la pandemia o las guerras. Ha estado presente en los casamientos de sus tres nietas, en el nacimiento de sus cinco bisnietos . Su último viaje fue  hace apenas un mes.

Muchas veces me pregunto: ¿qué es lo que la mantiene tan activa y vital a sus 90 años?

Creo que son muchas cosas.

Siempre está en movimiento. No depende de ayuda externa para su vida cotidiana. Sigue trabajando tres veces por semana en el negocio que fue de mi papá.

En la asociación de sordos es una figura central: organiza actividades, decora la sala donde se reúnen y constantemente está pensando qué más puede crear para que todos la pasen bien.

Tiene una curiosidad enorme. Un deseo permanente de entender, aprender y saber más.

Pero quizás su verdadero secreto está en otra parte.

Mi mamá siempre piensa en los demás.

Aunque disfruta de la buena vida, de la alegría, de la comida rica y de las cosas lindas, su mirada está puesta en cómo ayudar, cómo acompañar, cómo hacer el bien.

Desde ese lugar, su limitación parece no definirla ni detenerla.

Y, al mismo tiempo, esa misma limitación quizás la volvió más sensible al mundo que la rodea. Desarrolló de manera admirable la compasión y, especialmente, la paciencia.

Mi familia, mis hijas y yo la admiramos profundamente.

A través de ella sigo aprendiendo que envejecer no es solo cumplir años.

Envejecer también puede ser seguir creciendo, seguir creando, seguir conectando y seguir aportando.

Con fuerza.

Con dignidad.

Y con amor.

Mi nombre es Susy Danor.

Naci en el Uruguay y resido en Israel ya casi 40 años con mi marido, 3 hijas casadas y 5 nietos.

Soy ortodoncista, me encanta mi profesión y sigo trabajando.